Comunidades costeras de Panamá protegen y se benefician de las tortugas marinas

La tortuga golfina (Lepidochelys olivacea) encara amenazas tanto en alta mar, como en las playas donde anidan; pero, gracias a una colaboración entre conservacionistas y comunidades, la situación de esta especie ha mejorado en la Península de Azuero, en la costa pacífica de Panamá.

Photo by Dimijian Images - www.dimijianimages.comVarias de las playas de la Península de Azuero son de gran importancia para la sobrevivencia de la tortuga golfina, también conocida como tortuga lora, carpintera o mulata, ya que estas áreas costeras son sitios de “arribada” en los cuales, ciertas noches del año, llegan casi simultáneamente miles de tortugas para poner sus huevos en la arena. Hace pocos años, cientos de personas se acercaban a estas playas, en especial a La Marinera, para extraer los huevos y hacer un gran negocio de esto.

Sin embargo, gracias a la visión de conservacionistas de la Fundación Panamá, en especial de Lenín Riquelme, quien visitó la zona hace cuatro años para observar el espectáculo de la arribada años. El encontró allí su misión, ahora la golfina no solo está protegida en esta región, sino que los pobladores de las comunidades locales, se benefician económicamente de su conservación a través del ecoturismo.

El área protegida más cercana a La Marinera es el Refugio de Vida Silvestre Isla Cañas, que como zona silvestre estatal, está reconocida internacionalmente como un sitio importante de anidación de tortugas marinas. No así La Marinera, que, pese a su gran importancia biológica, no tiene estatus de protección y está a cargo de la Autoridad Marítima de Panamá.

Riquelme se dio a la tarea, como parte de la Fundación Panamá, de buscar la forma de proteger los sitios de arribada en la Península de Azuero, coordinando acciones con la Autoridad Nacional del Ambiente (ANAM) y la Autoridad Marítima de Panamá, buscando dinero para la compra de tierras en la zona e ideando un proyecto para involucrar a las comunidades en los esfuerzos de conservación.

El resultado ha sido el establecimiento de una reserva privada de 100 hectáreas, la Juventino Frías Oda, en Pachotal, al sur de la playa La Marinera, con el apoyo de fondos de la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN)/Holanda y administrada por la Fundación Panamá; otros resultados han sido la vigilancia constante en La Marinera con el apoyo de la Autoridad Marítima de Panamá y que ahora existe una oferta local de ecoturismo que, gracias al apoyo del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos, ha permitido involucrar en proyectos de ecoturismo a las comunidades de 16 playas de importancia para la conservación del bosque seco y de las tortugas marinas. Existen también costas de la península que son sitios de anidación de otras tortugas marinas como la baula (Dermochelys coriacea), la prieta (Chelonia agassizii) y se cree que también la caguama (Caretta caretta).

El proyecto de ecoturismo ha convertido a las comunidades locales en aliadas de la conservación, no solo de las tortugas sino también de la flora y fauna del bosque seco, un ecosistema que siglos atrás cubría la península pero que hoy se redujo a unas pequeñas áreas remanentes. Hay un total de 20 poblaciones involucradas en el plan, con una población de cerca de 2.000 habitantes, a lo largo de 50 kilómetros de playa, que anteriormente deforestaban, manejaban una ganadería poco sostenible y saqueaban los huevos de tortuga. Ahora, gracias a la capacitación que han recibido por parte de la Fundación Panamá y de la ANAM, aprendieron a manejar los viveros de tortugas marinas y a sembrar árboles en sus fincas, lo que les permite un mejor aprovechamiento del suelo y de la vegetación; además desarrollan una ganadería menos destructiva. Muchas familias tienen un ingreso extra gracias al turismo.

“Nos planteamos capacitar no solamente en el tema de la tortuga marina, sino también buscar la generación de recursos económicos a partir de la conservación”, afirma el dirigente. “Prácticamente se acabó la colecta de huevos de tortuga. Solamente en La Marinera, una playa de escasos 800 metros de largo, desde mayo del 2005 a agosto del 2006 se han reportado más de 35.000 tortugas anidando y han nacido un millón trescientas mil tortuguitas”, señala.

El programa apoyó a las comunidades no solo en la construcción de chozas o cuartos modificados a gusto del turista, generalmente surfistas o mochileros, sino también en la atención de este segmento de vacacionistas, incluyendo el aprendizaje de un inglés básico, una estructura de tarifas acorde con el servicio que se brinda y el contacto con agencias de viaje en la Ciudad de Panamá. El proyecto brindó algunos materiales de construcción con una contrapartida de las poblaciones, organizadas en Juntas y empujadas por una gran motivación.

Con una tarifa de unos $10 diarios en hospedaje y alimentación, el turismo en la zona contribuye ahora con la economía familiar de las comunidades costeras de la Península de Azuero. Este enfoque del proyecto hacia la gente ha permitido que los esfuerzos de compra de tierras no sean vistos como una amenaza por parte de las comunidades, según afirma Lyneth Córdoba, jefa del Refugio de Vida Silvestre Isla Cañas y una de las fundadoras, junto con Riquelme, de la ONG Conservación, Naturaleza y Vida, enfocada a dirigir los esfuerzos futuros de conservación en la zona.

“Las comunidades han comprendido que los turistas van al sitio no sólo por la playa y la vegetación, sino también para ver a las tortugas marinas, que son el atractivo principal”, señala Córdoba.

De acuerdo con Riquelme, los $10 diarios que recibe una familia por hospedar a un turista, pueden parecer poco, pero significan una gran diferencia en el ingreso familiar.

Pese al gran éxito en el turismo manejado por las comunidades, los esfuerzos de conservación de las tortugas marinas y del bosque seco en la región, deben todavía sortear el gran obstáculo que significa el elevado precio de la tierra en la costa, que impide contar con suficientes fondos para comprar terrenos claves para la protección de áreas de anidamiento. Sin embargo, la buena relación con los propietarios le brinda la esperanza a Riquelme de convencerlos de vender parte de sus fincas a un precio razonable en aras de la conservación, incluyendo un sector de unas cuatro hectáreas en la playa La Marinera que, hasta la fecha, aún no cuenta con un sector protegido formalmente como reserva, pese a su vital importancia para la arribada de tortugas golfina.

Riquelme espera también algún día poder optar por una concesión del área marina para conservación. “Si existen concesiones para explotación económica, ¿por qué no pueden haber concesiones para conservación ya que le estamos dando también un beneficio económico al país, gracias a los servicios ambientales?”, afirma.

Por lo pronto, el principal activo de los esfuerzos de conservación en la zona es la relación con los lugareños, quienes han visto, en la práctica, que la conservación bien vale la pena.

Contacto: Lenin Riquelme, Fundación Panamá, tel 507-256-5694; Lyneth Córdoba, tel 507/994-7313

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