Karla Aparicio, bióloga

Entrevista realizada por Katiana Murillo, para Rainforest Alliance (Alianza para Bosques)

“Los biólogos por sí solos, no pueden garantizar la conservación del águila harpía. Se ha llegado al punto donde necesitamos la ayuda de la gente local, que es la que vive más cerca de los recursos que queremos proteger”.

La búsqueda para las águilas harpías.El águila harpía (Harpia harpia), por su tamaño y belleza, es uno de los rapaces más fascinantes del mundo. Como la mayoria de los grandes depredadores del bosque tropical, está amenazado por la cacería y la deforestación. Panamá es en Mesoamérica el país con mayor numero de águilas harpías, y por lo tanto es el pais donde se ha desarrollado mas investigación y educación sobre la especie.

Karla Aparicio es una bióloga panameña comprometida con el águila harpía desde 1994, cuando, bajo el auspicio del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, viajó al Darién, el extremo este del pais, con el fin de monitorear a dos juveniles harpías. En 1997 descubrió dos nidos activos en el Parque Nacional Chagres, ubicado al este del Canal de Panamá, y inició un labor de educación ambiental en las comunidades de la zona. Desde el 2001 emprende el proyecto: “Trabajando con las Comunidades Rurales en el Conocimiento y Conservación de las Aves en Panamá”, en el que desarrolla actividades de educación ambiental y capacitación a nivel nacional. Fue galardonada con un pergamino de honor por su destacada participación en la creación de la ley que declara al águila harpía ave nacional de Panamá en el 2002.

Aparicio nos comenta sobre su trabajo para su tesis de maestría del Programa Regional en Manejo de Vida Silvestre en Mesoamérica y El Caribe, de la Universidad Nacional (UNA) de Costa Rica, el cual recibió el reconocimiento “Summa Cum Laude”.

Pregunta: ¿En qué consistió su tesis?

Aparicio: Una parte fue ver la distribución a nivel nacional del águila y en todo el siglo XX. Se hizo un análisis de qué había pasado a principios del siglo: dónde se habían reportado las águilas en aquel entonces y qué sucesos socioeconómicos influyeron sobre la cobertura boscosa donde se encontraban. Así fui adentrándome poco a poco en el tiempo hasta los años 90s.

Karla Aparacio habla con los residentes que viven cerca del hábitat de las águilas harpías.La segunda parte de mi tesis fue un trabajo de participación comunitaria. Realicé talleres con la gente de las comunidades aledañas al Parque Nacional Chagres. Los talleres incluyeron actividades de educación ambiental, donde la gente local adquirió conocimiento que transmitió a sus comunidades.

P: ¿Qué paso con las águilas en todo el tiempo que abarca el estudio?

Aparicio: A pesar de que ya desde los años 60 habían leyes que protegían especies en peligro de extinción, las águilas seguían muriendo, según consta en estudios. Aún todavía en los años 90 las águilas continuaban muriendo. En el Parque Nacional Chagres encontré registros de 8 águilas muertas. De esas ocho, cinco eran de un mismo sitio de anidación. A las águilas les fue muy mal en el pasado. En los años 90 también se inició el programa de conservación del águila harpía en el Parque Nacional Darién. En los últimos años ha habido una concienciación de la gente y más ahora porque el año pasado se declaró ave nacional (Ley número 18 del 10 de abril del 2002). En una ocasión, me tocó sustentar técnicamente la ley e ir a la Asamblea Legislativa a hablarles a todos los legisladores de por qué aprobar esa ley era importante. Mi último proyecto lo estoy realizando con la Sociedad Audubon de Panamá. Esta es parte del Patronato Amigos del Águila Harpía, que integra a muchas organizaciones del país interesadas en la conservación del águila. Junto a otros miembros Patronato conseguimos que se aprobara la ley.

P: ¿Entonces hay más conciencia ahora entre los panameños sobre la necesidad de conservar el águila?

Aparicio: Yo sí creo que en los últimos cinco años ha habido un poco más de conciencia entre la gente. Existe, por ejemplo, un centro interactivo en el Jardín Botánico Summit, cerca de la cuidad de Panamá, donde hay una enorme jaula con dos ejemplares del águila. Por otro lado, con la Sociedad Audubon realizamos educación ambiental a nivel nacional. Está también el Fondo Peregrino-Panamá trabajando en el Darién y con proyectos de educación ambiental. La Autoridad del Canal de Panamá y la Autoridad Nacional del Ambiente también han tomado al águila como un símbolo de la cuenca. Entonces yo creo que la imagen del animal se ha resaltado y hay muchas más personas interesadas que están trabajando.

P: ¿Cómo respondió la gente de las comunidades del Chagres a la labor de educación ambiental?

Aparicio: La gente de las comunidades del Chagres respondió muy bien, estuvo muy motivada. En total participaron 22 personas de 6 comunidades claves, que están cerca de las áreas de anidación y son los que mejor tienen que estar informados. Se realizaron dos talleres: uno en el 99 y otro en el 2000 y todavía tengo contacto con la gente. Son personas a las que se les prendió la llamita del interés y ahí quedó.

Quedaron muy motivados. Al final hicimos un análisis con las comunidades para ver qué cosas teníamos, qué cosas no y qué cosas ellos podían hacer pero necesitaban ayuda. La gente local definió con nombre y apellido qué persona o institución podía hacer qué como contribución para la conservación del águila en el Parque Nacional Chagres. La clave es la participación, que la gente se sienta parte importante del proceso. Una de las actividades curiosas fue que en una comunidad la maestra llevó a sus alumnos a ver el águila en el área de anidación; es decir, en su ambiente natural.

Mi ideal es poder llevar esta iniciativa de participación y educación comunitaria a otras regiones, porque si pudimos en el Parque Nacional Chagres, podemos en el resto de Panamá. Esto, especialmente en la vertiente Caribe y en el Pacífico hacia el este de Panamá, donde hay bosque y todavía puede estar la especie. Para eso estamos trabajando en un proyecto de la Sociedad Audubon de Panamá, patrocinado en parte por el Corredor Biológico Mesoamericano Panameño y la National Fish and Wildlife Foundation.

P: ¿Cuáles son las principales áreas en Panamá para la conservación del águila?

Aparicio: Uno de los productos de la tesis fue precisamente determinar dónde está ese hábitat importante para el águila. Yo me tomé el trabajo de ver cuánto de este hábitat correspondía a áreas protegidas y qué porción no. Lo interesante es que sólo 1/3 de este hábitat está dentro de las áreas protegidas, representándo sólo el 9% del territorio nacional. El resto hábitat coincide principalmente con territorios indígenas. Entre las áreas protegidas importantes son el Parque Nacional Darién, Bosque Protector Palo Seco, en el noroeste del pais, y el Parque Nacional Chagres. El caribe panameño es una zona fundamental por la cantidad de bosques que posee, en especial la región del Darién.

P: ¿Entonces, tomando en cuenta las condiciones actuales, es posible mantener una población saludable del águila en Panamá?

Aparicio: Sí. En mi estudio yo estimé que deben de quedar 209 parejas y, a pesar de que tenemos algunos problemas como una sección de bosque en el Caribe que no está conectada, la mayoría de esta vertiente sí lo está. Eso es importante para las águilas. Por ejemplo, un territorio de una pareja de águilas es de 63 kilómetros cuadrados. Entonces los juveniles que salen de allí no pueden quedarse en el territorio de los padres. Tienen que explorar nuevos territorios. De ahí la importancia de la conectividad de las áreas boscosas.

El reto, sin embargo, es la conectividad boscoso a nivel regional. Hay un poco más de trabajo de campo en Sudamérica pero falta mucha investigación en Mesoamérica para la toma de decisiones. Habría que ver el detalle de dónde las poblaciones están quedando aisladas en toda el área de distribución. El problema es que no hay gente estudiando la especie en Mesoamérica y tenemos que saber, por ejemplo, si realmente existen águilas en un sitio o saber porqué desaparecieron para entonces pensar en su reintroducción.

P: ¿Se trabaja también con indígenas para conservar el águila harpía?

Aparicio: En estos momentos, con la Sociedad Audubon de Panamá, estamos trabajando en la Comarca de Kuna Yala. Los kunas han respondido muy bien. Están muy interesados. No se trata de hacerles el trabajo. Nosotros solamente los vamos a ayudar.

P: ¿Hay alguna diferencia entre comunidades campesinas e indígenas con respecto a la actitud que tienen sobre el águila harpía?

Aparicio: Los indígenas entienden y se sienten comprometidos con la causa. La verdad es que no he encontrado ninguna diferencia en este aspecto. En cuanto a procedimientos de coordinación, con los indígenas hay que ir primero al congreso y luego a los sailas [caciques kunas] de cada comunidad, donde hay que presentarse con la respectiva carta aprobada por el Congreso. Hay que respetar su conformación política. Nosotros hemos comprendido eso a través del proceso y hemos tratado de hacer las cosas bien.

P: ¿Cuáles son los principales obstáculos para la protección del águila harpía en Panamá?

Aparicio: Según mi estudio, las mayores amenazas son la cacería y la deforestación. Específicamente en el Parque Nacional Chagres la cacería es lo más importante. En algunas regiones hay problemas de caza tanto del águila como de las presas que el águila come. Yo creo que el asunto puede ir variando de acuerdo con la región.

P: ¿Para qué se caza al águila, qué se aprovecha de ella?

Aparicio: Según mi estudio, la cazan para alimentación. También las matan por temor. Como es un animal de un metro de alto y dos metros de envergadura, mucha gente tiene miedo de que les maten a los niños y a los animales domésticos. Otros mata al águila para artesanía: por ejemplo, para adornar sombreros con las plumas blancas del abdomen. En la zona de Coclé también les hacían unos agujeritos en los huesos del ala para hacer flautas musicales.

También se han usado con fines medicinales, aunque no hay evidencia real de los poderes curativos que los indígenas les asignan a las águilas. Un grupo de indígenas utiliza las patas y las pone en alcohol; luego utilizan el hueso deshecho para dar vitalidad y fuerza. Otros indígenas hacen una forma de té con la uña hecha polvo y la mezclan con una raíz porque dicen que cura la epilepsia. El problema de la cacería se da igual entre indígenas y campesinos.

Es clave, por lo tanto, la educación ambiental. Los biólogos por sí solos, no pueden garantizar la conservación del águila harpía. Se ha llegado al punto donde necesitamos la ayuda de la gente local, que es la que vive más cerca de los recursos que queremos proteger. Requerimos mucha educación ambiental y participación local y hacer lo que hicimos en el Parque Nacional Chagres: involucrar a las comunidades en el proceso y que se apropien de él. Ahora la gente del Chagres está muy orgullosa de sus águilas; desde el año 97 hemos visto nacer 6 pichones y no hemos sabido de que alguien vaya allí y las mate.

P: ¿Tomando en cuenta las áreas protegidas que actualmente existen en Mesoamérica, cómo se visualiza el futuro del águila harpía a nivel regional?

Aparicio: Yo pienso que al Corredor Biológico Mesoamericano en este aspecto le toca un papel muy importante: en Panamá la distribución del águila coincide con el área de trabajo del Corredor Biológico Mesoamericano Panameño, de la costa caribe. Ellos están financiando proyectos en las comunidades para que la gente local realice trabajos agroforestales que sean amigables con el ambiente. Eso es precisamente lo que hay que hacer: impulsar proyectos productivos y de educación ambiental que mejoren la calidad de vida de las poblaciones locales, porque eso también le ayuda al águila.

Visite el perfil de este proyecto, disponible en la base de datos del Eco-Index.

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